Algo que nunca conté
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Cuando tenía diez años me apuntaron con un arma. Estaba en lo de mis primas en un sleepover o, como le dicen ahora, una pijamada. El pequeño detalle es que no había adultos en la casa. Mis tíos se habían ido al cine. Mis padres, ni enterados. It was just us: una prima de 12, otra de 9 y yo. Estabamos jugando, en el momento en que entraron los ladrones, a Amigovios: un programa de televisión de mediados de los noventa. No recuerdo bien el juego pero sí que había muchos peluches y que cada uno era un personaje del programa. Todo es un blur menos la puerta del cuarto que se abre, los tres tipos que nos miran con sus ojos adentro de una media de nylon, las pistolas apuntándonos y la voz de uno de ellos diciendo: “No les vamos a hacer nada”.
Sí, esto es real.
Yo tenía la edad que está por cumplir mi hijo. Acababa de tomar la comunión. Recuerdo la escena y me petrifico. Uno de ellos nos hizo pararnos una al lado de la otra. Nos miró de cerca y dijo, agarrando el hombro de mi prima: vos, vos sos la más grande. Tenía razón. A mí y a mi otra prima nos dejaron en la habitación. Se van a quedar con Lucas, dijo el que parecía ser el líder. Y se fue, con su amigo y mi prima. Ella iba a ser la encargada de hacerles el tour. Lucas nos puso una sábana encima y ahí nos quedamos, agarradas de la mano. Recuerdo dos cosas: temer por no tener una bombacha puesta debajo del camisón y quitarme, de un tirón, la medallita de oro que me habían regalado por mi comunión.
Lucas nos preguntó si teníamos calor y al responder mi prima que sí, prendió el ventilador. También levantó la sábana para mostrarnos un teléfono inalámbrico y preguntarnos, mientras lo golpeaba contra el piso: ¿les molesta? Yo creo que, por dentro, rezaba. Apretaba en el puño la medallita pidiéndole que me sacara de esa situación, supongo. Sé que me sudaban las manos. En un momento, apareció mi prima grande. La tiraron ahí como si fuera una gallina en un corral. Entró a la sábana, que ya era un refugio. Una de sus piernas quedó a la vista. Era la pierna vendada, la que había tenido un esguince. No sé porqué tengo la certeza de la mano de Lucas acariciando esa pierna. Solo recuerdo su voz diciendo: ¿Sabías que sos muy linda? Y el silencio que vino a continuación. Y la repetición de la pregunta. Y el silencio. Y, otra vez, la pregunta, pero a los gritos. ¿SABÍAS QUE SOS MUY LINDA, CARAJO? Y la respuesta inmediata de mi prima, que repitió, rendida: Sí, sí, sí.
No sé en qué momento se fueron. Vinieron los otros dos y se despidieron. No se muevan, nos dijeron, vamos a volver. Escuchamos el ruido de un motor. Mi prima de la edad se preocupó por la perra. Dijo que quería bajar a verla. Yo miré el living desde las escaleras. Tenía miedo de que hubiera un ladrón todavía en la casa, escondido. Mi prima estaba determinada. Quería ver a su perra. Y al mirar hacia abajo en su busca, dio con la luz roja y titilante del teléfono del living. Miren, nos dijo señalándolo. Creo que fui yo la que pregunté: ¿Te animás a bajar? Claro, dijo, y bajó sin dudarlo. La perra vino a su encuentro. La besó, la abrazó, le dijo cosas lindas. Era una bulldog necesitada de afecto. Y yo, desde arriba pensaba: Dejá a la perra, agarrá el teléfono, subí, por favor, subí.
Cuando subió con el inalámbrico en mano, les dije que llamáramos a mi casa. No, dijo mi prima mayor, vamos a preocupar a tus papás. Le arranqué el tubo de las manos y marqué el número de mi casa: 773-1383. Atendió mi mamá, dormida. Le dije: Entraron a robar. Pienso, mientras escribo esto, en lo que puede llegar a sentir mi cuerpo escuchando esa frase de la boca de mi hijo. Vuelvo. Creo recordar la voz de mi padre, desencajado. Y de nuevo a mi mamá, preguntándome cosas. A la misma vez, mi papá estaba vistiéndose y subiéndose al auto. Mientras él manejaba rumbo a lo de su hermana, yo hablaba con mi mamá, que intentaba calmarme. Después me enteré de que fue él quien llamó a la comisaría. Tendría un celular de esos que eran como ladrillos, no sé, porque era el año 1994.
Despues de cortar la llamada con mamá, recorrimos los otros cuartos, todos dados vuelta, hasta que escuchamos unas sirenas. Tienen que venir acá, pensé. Y efectivamente, entraron a la casa tres policías. Bajé corriendo y me abracé a la panza de uno de ellos, como si ese montón de grasa acumulada fuera a salvarme. Tranquilas, tranquilas, decía el señor. Ahí, bajo la luz del palier, me di cuenta de que mi prima, la mayor, tenía el labio partido. Y sangraba.
Enseguida llegó mi padre. Nunca me voy a olvidar esa imagen: estaba con cara de susto y en calzoncillos. Tenía, ahora que hago la cuenta, 36 años. Era todo lo joven que se podía ser y, calculo, sentía toda la impotencia que se podíá sentir. Me abrazó. Respiré. Y al toque llegaron mis tíos. Como no había celulares, un policía entró a la sala del cine donde estaban mirando no sé qué película, gritando el apellido de mi tío. Así se enteraron. Recuerdo el rosario de vírgenes que me tía gritó al entrar a su casa: Virgen de Lourdes, Virgen de Guadalupe, Virgen de Fátima, entre otras. Su entrada dramática: cómo olvidarla.
Mi papá dijo: nosotros nos vamos. No recuerdo nada más pero debo haberme dado cuenta de que el otro auto de mis tíos no estaba en el garage. Y debo haberme subido al de mi padre, temblando. No sé de qué hablamos en el viaje a casa. Era un sábado a la noche y solo teníamos que recorrer los quince minutos que separan a Nuñez de Palermo Viejo. Capaz los transitamos en silencio. Capaz él me quiso distraer. No tengo idea. Solo sé que llegué y trasladaron mi colchón a su cuarto. No se discutió. Yo iba a dormir con ellos. El tiempo que hiciera falta.
Anoche pasé por la calle donde estaba esa casa que fue demolida. Hoy es un edificio bajo, moderno, con pocos departamentos. Ni rastro del caserón donde crecieron mis primos. Qué increíble es el paso del tiempo. Si cierro los ojos puedo ver esa casa y sentir el rumor de esas tardes donde no importaba nada que no fuera disfrutar de la infancia. Veo la entrada, el toilette, la escalera, la cocina, el quincho, la pileta y el jardín. Veo a tres niñas, en camisón, dejando de serlo. Como si esa sábana blanca que nos cubrió durante el robo hiciera el efecto de fade out y nos convirtiera, de la noche a la mañana, en mujercitas.
Hasta la próxima, you.
pd: Si querés responder, te leeré.


Tremendo maki! Me transmitió un montón la forma que lo escribiste, gracias por compartirlo! Abrazo 💕
Wow, la piel de gallina y la angustia en la boca del estómago. Te leo mientras estoy acurrucada entre los dos cuerpos dormidos de mis hijas. ¿Como se transita el miedo de lo que no se puede controlar, ni predecir, ni evitar? Te abrazo 💕